Doctor Franklin Roberto Quiroz: con la consigna de servir y ser solidario

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Doctor Franklin Roberto Quiroz: con la consigna de servir y ser solidario

Cuando Franklin Roberto Quiroz Díaz regresó de Rusia, entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, (URRS), Colombia aún era una niña de brazos, en comparación con el gigante europeo que se enfrentaba contra el gran imperio estadounidense en un periodo histórico conocido como la Guerra Fría. Las dos economías más importantes, se peleaban el control del globo y, de hecho, hasta 1991 lo mantuvieron polarizado en dos bandos con ideologías opuestas.

Franklin Roberto, es oriundo de San Joaquín, Santander, un pueblito que basa su renta en la elaboración de productos a base de fique y fue allí donde inspirado por su mamá, una maestra de escuela, que, en las noches, luego de sus labores cotidianas, enseñaba a leer a emboladores y a coteros, decidió hacerse médico. “Yo admiré en ella ese afán de servicio permanente”, cuenta.

Luego de estudiar su bachillerato en el colegio Guanentá de San Gil y en el Santander de Bucaramanga, viajó a Bogotá a realizar un pregrado en la Universidad Javeriana con los padres Jesuitas. Con la consigna de “servir, de ser solidario”, decidió ayudar a través de la medicina, seguido quizá por el instinto y por los consejos de algunos amigos que habían optado por dicha profesión. Para esa época, se avanzaba en temas de salud pública y políticas de higiene y se dictaban directrices en torno a la responsabilidad del Estado en la asistencia en salud y en la prestación de servicios sanitarios y nutricionales con la creación del Sistema de Seguridad Social.

“En el año 61 inicié en la Universidad, cuando eso eran seis años de medicina. Del 61 al 67 y en el 68 hice el año rural en Suaita Santander. Allí ejercí como médico director del hospital, médico rural y allí me quedé tres años. En el año de 1971 nombran a un amigo mío embajador en Rusia, al doctor Alfonso Gómez Gómez y a través de él pude obtener una beca para ir a estudiar cardiología a la antigua Unión Soviética”, relata la voz pausada de quien ha conocido la historia del mundo, en el trasegar de sus tiempos.

De su promoción, aproximadamente 65 estudiantes, la mayoría  decidió continuar su formación profesional en Estados Unidos, sin embargo, él, a contracorriente, fue el único que gracias a un convenio entre la Unión Soviética, el Ministerio de Educación nacional y el Icetex,  optó por conocer la fortaleza del Kremlin, recorrer los lugares y monumentos creados por la dinastía de los Romanov y reconocer en cada habitante de Rusia, en cada escuela, hospital… en el sistema mismo, los rastros de la Revolución Bolchevique. Recuerda que tras el anuncio de su viaje “los jesuitas hicieron hasta un novenario por mi alma, porque me iba a un mundo totalmente diferente (…) pero a mí siempre me llamaba la atención el descubrir cosas nuevas, el conocer cosas diferentes”.

Cuando llegó a Rostov, una de las ciudades más antiguas de Rusia, no hablaba, ni mucho menos entendía el idioma, pero esta barrera inicial no le impidió estudiar medicina interna o trasladarse a Kiev para especializarse en cardiología, además de defender un doctorado en ciencias médicas en cardiología, en Moscú. Como una innovación para hace cuarenta años, el doctor Franklin Roberto, dio a conocer en varios artículos el sustento de su tesis en torno a los factores de riesgo para enfermedad coronaria e isquémica del corazón, que en la actualidad se consideran una de las principales condiciones por la que las enfermedades cardiovasculares ocupan el primer lugar en morbimortalidad en el país.

Desde Rusia con amor

Ocho años después, y como promesa a sus padres de no dejarlos solos, el doctor Franklin, regresó a San Gil con las convicciones claras y marcado absolutamente por la influencia de un país donde todo parecía estar en función de satisfacer las necesidades sociales de sus habitantes. “Me pareció extraordinario sobre todo el sistema de salud, en el sentido que hay una cobertura total: allá un paciente llegaba al hospital y casi no se le preguntaba ni el nombre; simplemente se le atendía y después sí se sabía cómo se llamaba. No había ninguna limitación para ingresar a alguna institución y era una medicina muy enfocada hacia evitar la enfermedad”, explica.

Relata que incluso él mismo fue paciente en Rusia y pudo comprobar cómo era la atención. Por una molestia estomacal relacionada con el cambio de dieta alimenticia, tuvo que acudir a un centro médico y allí estuvo hospitalizado durante cuarenta días, hasta que los médicos dictaminaron tras extensos análisis que sólo se trataba de una intolerancia a ciertos alimentos; tiempo en el que también inició con los compañeros de cuarto, el primer acercamiento a tan complejo idioma.

A pesar que tuvo varias ofertas de empleo en Bogotá, en la Universidad Javeriana, en el hospital Militar, decidió llegar a la provincia de Guanentá para cumplir el juramento que había hecho a sus padres de no dejarlos solos mientras vivieran. Allí fue director del hospital regional de San Gil donde se le reconoce por transformarlo en un centro con servicios avanzados en cardiología, oftalmología, entre otras áreas. “Yo traté de realizar lo que yo había visto allá que se hacía y vi la oportunidad pues como director del hospital no tenía límite. Yo podía decir qué se debía hacer”.

Incluso, cuenta, que para entonces el odontólogo visitaba el centro asistencial solo durante dos horas, pero que la salud oral de la población sangileña, específicamente la caries, figuraba como primera causa de enfermedad. “Entonces no me enfoqué únicamente en mi especialidad, sino en emplear una lógica: qué es lo que enferma a la gente: problemas de saneamiento ambiental, de odontología y logré tener, después de solo un dentista, diez y ponerle odontólogo a cada escuela: cada escuela de San Gil tenía un odontólogo y tenía un médico e hicimos las unidades de odontología y todos los niños tenían la oportunidad de tratarse los dientecitos desde pequeñitos”.

También propuso entregar sillas de ruedas a los pacientes cuadripléjicos para reducir la estancia de estos en el hospital y junto con su equipo, las construían con dos ruedas de bicicleta, unas lonas y un armazón artesanal. Así mismo, amplió las horas de atención médica de 6:00 a.m. a 9:00 p.m. y los fines de semana para beneficiar a las empleadas del servicio doméstico que dado su horario laboral, no podían asistir a consulta ordinaria.

Al llegar a Colombia, además pudo contrastar el modo de concebir la salud y de cierta manera, fue frustrante para un médico formado desde otro modelo social, comprender que la atención y la calidad en los servicios no eran equitativas.

A pesar de ello, el doctor Quiroz fundó el programa Corazón a corazón iniciativa que desde los años ochenta hasta la fecha, ha beneficiado a cientos de niños con cardiopatías congénitas que anteriormente no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir. “Cuando yo llegué aquí, casi el 95% de los niños en Colombia morían por falta de atención especializada en cardiología pediátrica”, explica este hombre de cabellos blancos que semeja la figura de un dios nórdico bonachón, de una mística suprema para explicar sin arabescos su misión de sanar corazones que apenas empiezan a latir.

Sostiene que ni siquiera existían datos concretos de cuántos eran los niños que nacían con problemas del corazón y que esa fue una de sus primeras tareas: “hacerle saber a toda la comunidad médica, especializada en salud, que el 1% de los niños que nacen vivos, nacen con un problema del corazón; si en Colombia nacen un millón de niños, diez mil nacen con problemas del corazón y antes se creía que eso era muy raro. Claro: muchos se mueren tempranamente y les ponen cualquier diagnóstico: problemas de neumonía, que bajo peso… cualquier cosa”.

Dicha iniciativa también fue el punto de partida para crear la Fundación Cardiovascular de Colombia (FCV) en compañía del médico Víctor Raúl Castillo, ahora presidente de la mencionada organización y quien entonces, trabajaba con Franklin Roberto como médico rural, en el hospital regional de San Gil. Aunado a ello, se incentivó la especialización en cardiología pediátrica en todo el país al ver la necesidad de profundizar en una sintomatología específica que además era frecuente en la población infantil colombiana.

Su larga trayectoria como cardiólogo clínico, le ha permitido conocer territorios inexplorados de la geografía nacional, pero sobre todo, ver cómo con el paso de los años la medicina ha evolucionado y en Colombia, a pesar de las carencias y dificultades que limitan el ejercicio, se han logrado mejoras considerables en la atención.  Sin asomo de soberbia u orgullo, recuerda que los niños diagnosticados en el programa Corazón a corazón tenían que ser trasladados a Estados Unidos. “Yo logré traer acá a los colegas, ellos ayudaron a operar muchos niños en San Gil, en Bucaramanga y en los Estados Unidos. Yo llevé a más de quinientos niños; llevábamos cada ocho días dos o tres niños”, dice y explica que la inversión era enorme: en promedio cien mil dólares por niño que se subsidiaban gracias al altruismo de instituciones como las empresas aéreas que donaban los pasajes, como también por el compromiso de los galenos extranjeros que donaban su tiempo y conocimientos en aras de salvar la vida de los menores.

Anteriormente llegaban buses llenos de niños para ser diagnosticados por el doctor Quiroz y su equipo de voluntarios en San Gil, sin embargo fueron varios los casos de niños que morían en la travesía, porque su situación médica exigía unas condiciones mínimas para ser trasladados. “Ahora yo hago lo contrario, yo me desplazo porque ya no tengo un horario tan rígido como cuando era director del hospital y hay muchas partes a las que hay que ir: a Ibagué, a Quimbaya, a Tumaco…; es hacerles reconocer los derechos de los niños”, cuenta.

Treinta años después el panorama es otro y el doctor Franklin ha visto cómo esta especialidad médica ha avanzado con pasos grandes e incluso el sueño de una institución dedicada de pleno a tratar las enfermedades cardiacas con tecnología de avanzada, es hoy tangible.

Una vida de corazón a corazón

Durante su periplo por las regiones de Colombia y en la atención a pacientes de condiciones sociodemográficas particulares, el doctor Quiroz Díaz, tuvo la inquietud de investigar sobre una enfermedad endémica que afecta a poblaciones del trópico y que tiene estrecha relación con los problemas cardiovasculares: El mal de Chagas que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) reporta entre 6 y 7 millones de personas infectadas por el parásito Tripanosoma Cruzi, la mayoría de estas en América Latina. “Ataca mucho el corazón, da muertes prematuras, ataca a gente muy pobre y pareciera que a la enfermedad de Chagas  le daban un tratamiento como si fuera una enfermedad de las que llamamos huérfanas”.

En los años ochenta, tener Chagas, según el doctor Quiroz, era equivalente a padecer algún tipo de cáncer y contra ello no había mucho qué hacer. No obstante, su tozudez lo llevó a crear el programa contra esta enfermedad en aras de detectarlo a tiempo y tratarlo pues es probado que el cien por ciento de los niños que padecen la enfermedad pueden curarse si esta es detectada a tiempo y para el caso de los adultos, diseñó tratamientos que paliaran los efectos colaterales del parásito en el organismo. “Hay muchas cosas que hacer: primero detección temprana, saber que el problema existe, más en esta región, entonces los hemos podido rescatar. Nosotros hicimos un estudio con la universidad de McMaster en Canadá, en la región de San Gil y fuimos de los primeros en el mundo en recopilar casos para el manejo del Chagas con una medicación y tratar toda la complicación que trae el mal: problemas de arritmia, de muerte súbita, que terminan muchas veces pacientes en trasplante cardiaco”.

Franklin Roberto Quiroz Díaz, es en la actualidad el presidente de la Fundación Cardiovascular y el director suplente cuando el doctor Víctor Raúl Castillo, se ausenta. Tiene seis hijos médicos y nueve nietos, a quienes les ha inculcado con el ejemplo la importancia de servir más allá de las posibilidades tangibles. Dice que durante más de cuarenta años de ejercicio profesional ha recorrido todo el país, sin temor al riesgo;  incluso durante el recrudecimiento de la violencia, las pescas milagrosas y los secuestros masivos, Franklin viajaba de noche a los lugares más recónditos desde Punta Gallinas hasta el Amazonas; donde necesitaran de un cardiólogo clínico para emitir un diagnóstico. Y jamás, como él mismo menciona, tuvo contacto o presiones de algún grupo insurgente.

Su vida como médico, como padre de familia, abuelo y amigo, se reduce en una doctrina y un propósito constante: No detenerse. Ser como un tren que sigue la línea de ruta sin variar su marcha, pero con la claridad que se conoce el destino; “yo trato de hacer una medicina más generalizada, en el sentido que todo el mundo obtenga algo de mí (…) Se trata de hacer un poquito más de lo que se tiene que hacer: ayudar al que sufre”, sostiene.

 

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