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La “dieta compasiva” puede ayudar a mitigar el hambre en el mundo

Existe una fuerte relación entre el hambre y la desnutrición humanas en el planeta y la alimentación excesivamente carnívora de las poblaciones más ricas. El desequilibrio se presenta no tanto por la escasez de recursos, sino más por la necesidad de satisfacer unas costumbres alimentarias excesivas de los sectores opulentos. La dieta carnívora preponderante, representada ante todo en proteína de origen vacuno, acentúa la desigualdad en la seguridad alimentaria mínima del planeta.

Unas mil millones de personas en el mundo no tienen una dieta suficiente. La gran mayoría de ellas se acuestan con hambre engrosando los círculos de la miseria, la desnutrición y la improductividad. Deteriorando así la calidad de vida y reduciendo la posibilidad de alcanzar un básico grado de felicidad, realización o mínimos niveles de satisfacción humana.

Una de las principales causas está entonces en la dieta carnívora de millones de privilegiados en el mundo, particularmente basada en carnes rojas o provenientes de vacunos, sacrificando anualmente miles de millones. Para alimentar a este sector es necesaria una ganadería intensiva, que por una parte exige generosas áreas verdes con grandes pastos y millones de toneladas de cereales para ser engordadas y producir carne.

En los EEUU por ejemplo, el maíz es el cultivo más importante, pero sólo el 8.5% se usa en alimentos y bebidas. La mayoría del maíz cultivado en los Estados Unidos se usa para llenar los estómagos de los animales criados para el consumo humano, particularmente para hacer las populares y simbólicas hamburguesas.

Las proteínas que consumen los animales son nutrientes que podríamos obtener directamente. Cerca del 50 por ciento de los cereales del mundo son utilizados para alimentar ganado. Para obtener un kilogramo de proteína de origen animal se requieren entre tres y veinte kilos de proteína vegetal. Ecuación que explica que si tenemos al frente un suculento “bisteck”, en su proceso se han invertido al menos 10 kilogramos de proteínas aptos para el consumo humano.

Allí está buena parte de la causa del hambre en el mundo, inducida por los países más poderosos. En EEUU el ganado consume el 70 por ciento del grano producido, en la UE cerca del 60 por ciento. Esto es socialmente insostenible. El “Consejo para la Alimentación Mundial” de NNUU calculó que dedicar entre el 10 y el 15 por ciento del grano que actualmente se destina para alimentar ganado, bastaría para satisfacer las necesidades calóricas de esa quinta parte, erradicando el hambre del mundo.

La dieta “compasiva”

Una dieta compasiva es aquella que nos permite hacer ajustes buscando la máxima protección de los seres vivos cercanos al hombre. La que no induce a regularnos en el consumo de alimentos cárnicos de origen vacuno tanto por el animalismo como por la necesidad de disponer de una mayor cantidad de cereales (y otros productos similares) para el directo consumo humano.

Una dieta compasiva de ese tenor y bien concebida no sólo ayudaría a los miles de millones de animales que mueren cada año para convertirse en alimento para los humanos. Esta dieta también es una solución que tiene el potencial de alimentar a millones de personas. Estos enormes campos en lugar de ser usados para producir maíz para alimentar a los animales criados en granjas industriales, los más 90 millones de hectáreas de tierra utilizados actualmente con este propósito podrían dedicarse al cultivo de hortalizas, frutas y leguminosas por ejemplo. O ese mismo cereal en vez de alimentar vacunos, se produciría para mitigar el hambre de millones de personas.

El reto de cambiar las costumbres alimentarias

Una de las mejores acciones educativas, formadoras y transformadoras de una comunidad es cambiar mejorando los hábitos de alimentación, mudando a dietas bajas o mejor nulas en carnes rojas. La demanda bajaría sustancialmente reduciendo la cría de ganado vacuno y ofreciendo millones de áreas agrícolas con mayor disponibilidad de cereal para el consumo humano. Es decir los consumidores podemos ayudar a combatir el hambre en el mundo y, al tiempo, retirar nuestro apoyo a las industrias que tratan a los animales como series del negocio de comida. ¿Cómo? Cambiando a una dieta sin carne ni otros producto derivados de animales. O al menos reduciendo de manera sustancial su consumo.

Fabio Arévalo Rosero @fabioarevalo

Médico cirujano (Unicauca), bioquímico (Udenar – CSIC España), escritor, consultor urbano, educador ciudadano, divulgador científico, diseñador de ciudades saludables, investigador en áreas de salud pública, urbanismo y desarrollo humano sostenible. Bloguero y columnista en varios medios. Candidato a Premio Nacional de Paz, Colombia 2012, galardonado con el Felow en urbanismo, París 2005. Campeón del mundo atletismo en los World MEDIGAMES.

 

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