Enfermedades mentales: desmontar los mitos para acceder a la ciencia

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Y ahí está: el cerebro, el órgano más enigmático del cuerpo humano. Allí, entre el inhóspito laberinto de la memoria se alojan las emociones, se racionaliza la información y quizá hasta se clasifica.  Se esconde la conciencia y los sentimientos más primitivos. El amor, el odio e incluso la tristeza y la melancolía, son producto de una sinfonía en la que las neuronas deciden cada movimiento, sus tiempos y el ritmo en que los días de un individuo deben ser vividos.

Sin embargo el misterio del cerebro no solo atañe a la ciencia, sino que el funcionamiento del mismo suscita todo tipo de interpretaciones para intentar explicar aquello que desborda las nociones humanas y que se acerca más a lo irracional, a la magia e incluso a los límites en los que el bien lucha contra la maldad.

Si bien los conceptos han evolucionado, en las distintas culturas y religiones aún existen mitos que refuerzan la idea que ciertas enfermedades mentales en realidad son manifestaciones de espíritus malignos que se han alojado en un cuerpo débil y que para lograr liberarlo se requieren de prácticas y rituales específicos como también de largas jornadas de oración.

De acuerdo con Eduin Alexander Prada Rodríguez*psicólogo investigador y  doctor en psicología y neurociencia aplicada, muchos años atrás se creía que “todas las enfermedades mentales eran producto de demonios, espíritus, cosas negativas que habían en el ambiente. Entonces era una visión un poco ortodoxa de lo que era la salud mental y las enfermedades mentales”.

Agrega que gracias a los avances de la ciencia se ha descubierto el funcionamiento de las enfermedades mentales y “se ha encontrado que hay unos elementos biológicos y neurobiológicos que son los que se encargan de generar una salud mental o generar su alteración. Entonces no son los elementos imaginarios o los que vengan producto de lo social sino son más procesos que predisponen y generan la patología”.

Así mismo, la psiquiatra Marcela Alzate García, presidenta de la Sociedad Colombiana de Psiquiatría señala que para el caso de las enfermedades mentales, el ambiente o entorno cultural influyen de forma considerable al punto que permiten que dicha sintomatología tenga o no aceptación en el entorno. Señala que cuando una expresión como la tristeza persiste durante varios días y se acompaña de alteraciones en el sueño o en el apetito, puede convertirse en una enfermedad  “y justo cuando pasa a convertirse en una enfermedad, respecto a las creencias vas adoptar o no la posición que te va a permitir enfrentar ese problema y darle tratamiento”.

En otras palabras, la forma como se asumen las patologías mentales está estrechamente relacionada con las creencias populares o bien, con la admisión de las teorías científicas. Esto determina si por ejemplo una depresión se trata a través de trabajo con especialistas en el área de la psicología o psiquiatría o bien se intentan buscar paliativos en el alcohol, las drogas o apoyo a través de grupos religiosos.

No obstante, la dificultad radica en que “estos problemas se terminan convirtiendo en enfermedades que tienen síntomas claros, que tienen un diagnóstico claro, que tienen un tratamiento y la demora en acercarse al servicio de salud  va a incrementar las consecuencias de la enfermedad no solo en términos de la salud sino en los costos y en la discapacidad que la enfermedad produce”, explica Marcela Alzate.

Las creencias religiosas no solo en Colombia sino en Latinoamérica y el mundo compiten en franca lid con los postulados que las investigaciones científicas han dado a conocer. La religiosidad popular está íntimamente relacionada con la salud mental tal y como señala la psiquiatra como elemento protector o bien en la medida que son “un factor de riesgo para el agravamiento de la enfermedad”.

Pero no se trata de discriminar una idea u otra, sino tratar que el grupo religioso apoye las acciones asistenciales del profesional experto para lograr que el paciente supere o sepa dar manejo a la situación de enfermedad mental en la que se encuentra.

Sin embargo las complicaciones en esta ecuación surgen cuando la religión cumple el papel de juez y genera en el enfermo culpas que no permiten la evolución positiva de la enfermedad y se acrecienta aún más “si la persona tiene una creencia de que por alguna vivencia o una fantasía pueden presentarse algunos síntomas, obviamente por proceso psicosomático lo va a sentir y lo va a vivir”, señala Prada Rodríguez.

Esta forma de concebir las enfermedades mentales se anida con mayor frecuencia en regiones y culturas en las que “la concepción mágica de la enfermedad mental puede alcanzar el 80%, como en África donde los chamanes, brujos están viendo las enfermedades mentales y solo un 20% consulta al médico”. Estos datos se contraponen a lo que ocurre en Europa o Estados Unidos, donde la fórmula se da a la inversa: el 80% de las enfermedades mentales son cubiertas por el servicio médico y el 20% es el porcentaje de quienes buscan otras alternativas para tratarse.

En Colombia los datos están determinados por las regiones y qué tan lejos esté una población de un centro urbano. Por ejemplo en el Chocó o en lugares como el departamento del Vaupés, cuya cosmogonía está tan arraigada, los porcentajes pueden mirar más hacia las creencias populares que a la concepción médica de la enfermedad.

“En Colombia cuando un hombre joven empieza a tener síntomas de enfermedad mental como comportamientos extraños, como aislamiento de su grupo social, abandono de las actividades que normalmente le gustaban; cosas como hablar solo, este tipo de comportamientos, automáticamente la familia considera que lo que tiene es un problema por consumo de sustancias psicoactivas. Entonces lo que hace con estas personas es que busca las opciones de tratamiento de consumo de sustancias psicoactivas y muchos de los modelos de tratamiento de estas sustancias no son modelos médicos sino son de grupos religiosos o programas de ex adictos (…) la gran mayoría de la gente llega a estos modelos que no tienen el conocimiento o la pericia de verificar qué tanto de los síntomas corresponde a síntomas psicóticos tipo esquizofrenia o a consumo de sustancias psicoactivas”.

Ante esta perspectiva desde la psicología clínica se da un manejo específico del paciente; en principio se establece qué elementos emocionales comportamentales y cognitivos rodean al individuo y de igual modo, como explica el doctor Prada Rodríguez, “no podemos atacar las creencias de manera directa sino que debemos hacer un proceso de evaluación para saber si realmente estos síntomas están generando un trastorno depresivo y las creencias que hay o las ideas delirantes lo están reforzando o no, entonces se hace la evaluación primero”. Añade que en caso de darse un trastorno clínico se expide remisión con psiquiatra para compensar de forma química las carencias biológicas del paciente y a partir de ello “ya se empieza a trabajar toda la parte de creencias, toda la parte cognitiva, toda la parte de reestructuración emocional… va de la mano”.

En torno a los mitos también es común que se asocie a los enfermos mentales como potenciales asesinos en serie. Esto en muchos casos por cuenta de series de televisión en las que  se muestran comportamientos psicóticos en los que el victimario actúa con violencia influenciado por una condición específica en la que se mente le obliga a hacer daño a otros. Alzate García dice que la gran mayoría de personas con enfermedad mental no son protagonistas de actos violentos, pero que ante la magnitud de los actos a muchos se les encasilla en la categoría de enfermos mentales como la alternativa para justificar el crimen.

Aunado a los preceptos que se tienen, también está la dilación que para el tratamiento de las enfermedades mentales se da en los servicios de salud porque aún no se ha logrado educar a los profesionales médicos y a la población en general acerca de la importancia que merecen este tipo de complejidades en cuanto a prevención y manejo. No obstante se ha avanzado en algunos aspectos pues como dice la experta, hasta hace un tiempo un enfermo mental representaba para la familia una vergüenza e incluso se les escondía y si bien en la actualidad es mucho más positiva la respuesta ante esos casos, lo cierto es que en ciertos sectores pervive el estigma “o el señalamiento social frente a las condiciones mentales que yo creería que son básicamente basadas o muy estructuradas en el desconocimiento que esto es una enfermedad susceptible de manejo y susceptible de tratamiento no solamente por parte de salud sino por parte de las redes sociales de las personas”.

Y si bien aún los enigmas que esconde el cerebro son infinitos y lo inexplicable  se conjuga perfectamente con la fantasía y lo surreal, es claro que las enfermedades mentales ya no pueden ser vistas como manifestaciones del mal o producto de castigos divinos sino como una sinfonía neuronal alterada que ha determinado un ritmo sincopado y una alteración en los movimientos cotidianos de determinado individuo.

*Especialista en neurociencias clínicas, magíster en educación y desarrollo humano, doctor en psicología y neurociencia aplicada. Docente de la Universitaria de Investigación y Desarrollo y director Científico de la corporación CINEP

Fotografía tomada de Pixabay

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